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INTRODUCCIÓN*Imperio y canon en William Henry Hudson Leila GómezUniversity of Colorado, Boulder En 1941, se publica en Argentina la pionera Antología de Guillermo Enrique Hudson con estudios críticos sobre su vida y su obra, con textos de Fernando Pozzo, E. Martínez Estrada, Jorge Casares, Jorge Luis Borges, H. J. Massingham, V. S. Pritchett y Hugo Manning. Fue este uno de los principales hechos editoriales que apuntaban a consagrar a William Henry Hudson en el canon argentino al mismo tiempo que a explicar sus fi liaciones identitarias a ambos lados del Atlántico. Seten-ta años después, los ensayos compilados hoy en Entre Borges y Conrad: Estética y territorio en W. H. Hudson revisitan tal inserción de Hud-son tanto en el canon intelectual argentino como su articulación en el campo intelectual inglés, en el que compartía el capital simbólico del escritor foráneo junto a Joseph Conrad e Iván Turguenev. La mayoría de estos ensayos se concentra en el estudio de la produc- ción de Hudson sobre Sudamérica, tanto científi ca como literaria, prin-cipalmente en obras como Th e Purple Land (1885), Idle Days in Pata- gonia (1893), Green Mansions: A Romance in the Tropical Forest (1904), Parte de esta introducción reproduce el capítulo “Hudson: el gran primitivo” de mi libro Iluminados y tránsfugas, publicado por Iberoamericana/Vervuert en 2009. Far Away and Long Ago (1918), Th e Naturalist in La Plata (1892), y Birds of La Plata (1920), entre otros. Aunque el principal foco de interés es la producción del autor sobre América del Sur, los ensayos establecen una perspectiva comparativa con los escritos husdonianos sobre la In-glaterra en la que decidió afi ncarse desde los treinta y tres años. Así, el libro examina la problemática de la nacionalidad y la hete- rogeneidad lingüística en el canon literario, la noción de cosmopoli-tismo e identidades biculturales, el tema del desarraigo, la emigración y la nostalgia en el relato de viajes. Asimismo aborda el papel de los naturalistas y el evolucionismo en la Inglaterra victoriana, la primitivi-zación de la Otredad en la retórica imperial y la estética de los sentidos en la representación de la naturaleza latinoamericana.
William Henry Hudson (1841-1922) no fue un viajero en el senti- do más convencional, como lo fuera el naturalista Alexander von Hum-boldt o el épico Ulises de Ítaca, aunque Borges lo incluyera en la larga tradición de viajeros ingleses a la Pampa, junto a Richard Burton y Ro-bert Cunninghame Graham. Sabemos que fueron los padres de Hud-son quienes emigraron a Argentina desde Estados Unidos antes del na-cimiento de sus hijos y que William, después de vivir treinta y tres años entre los gauchos, se radicó defi nitivamente en Inglaterra. Es cierto que a la muerte de su padre en 1868, cuando todavía vivía en Argentina, su familia se dispersó y William anduvo probablemente de estancia en es-tancia, llegando a cruzar el Río de la Plata para dirigirse a Uruguay. Allí vivió la experiencia de la montonera y el enfrentamiento entre blancos y colorados, del que saldría el material histórico para Th estos años es además su viaje a la Patagonia, entre 1870 y 1871, el que fuera inspiración para su Idle Days in Patagonia. A excepción de estos es-porádicos viajes a Uruguay y a la Patagonia y sus viajes por la campiña inglesa, no es el itinerario del viaje en sí lo que marcará el relato de Hud-son, sino más bien el desarraigo defi nitivo de un viaje transatlántico sin retorno y la mirada nostálgica al pasado en Argentina.1 1. La producción de Hudson sobre Sudamérica puede dividirse en dos grupos. Un grupo está integrado por obras de fi cción y autobiográfi cas, entre las que se in-cluyen Th e Purple Land that England Lost (1885), Idle Days in Patagonia (1893), El ombú (1902), Green Mansions: A Romance in the Tropical Forest (1904), Far Away Esta nostalgia acechará a Hudson durante toda su vida en Inglate- rra. El escritor se diferenciará así de los viajeros exiliados por razones políticas: no pesaban sobre él razones rígidas de proscripción. En este sentido, Hudson no fue un viajero del Romanticismo latinoamerica-no ni un escritor exiliado durante gobiernos militares o totalitarios. Hudson es más bien un viajero emigrado o expatriado en la clásica ti-pología del viajero propuesta por Edward Said.2 No obstante, podría decirse que Hudson tiene en común con el escritor exiliado la mirada, si no privilegiada, al menos sí alternativa del escritor en el exterior. Di-cha exterioridad lo obliga a no asumir como natural ningún lengua-je, ni el propio ni el ajeno, ni aceptar los prejuicios de ninguna cultura como dogma ni ortodoxia. Como escritor en el exterior, debe revisar constantemente los presupuestos de su propio lenguaje y el del Otro.
Esta es la percepción que tuvieron de él los escritores contemporá- neos de su círculo intelectual. En el Londres de la época, existía un re-conocimiento general hacia los escritores extranjeros —entre los más prominentes, Joseph Conrad e Iván Turgenev—, quienes parecían re-descubrir la “autenticidad” de la lengua inglesa sin el peso de la tradi-ción literaria y el afectado respeto por autores consagrados. John Rodker lo expresa en la sección de homenaje a Hudson en Th England Hudson shares only with Conrad the laurels of writing. Both are foreigners. It should by now be an axiom that only foreigners can write a live English. Th eir senses are not dulled by traditional thought- forms. New institutions give them seriously to think!” (1920: 19).
and Long Ago: A History of my Early Life (1918). Entre las obras autobiográfi cas hay que mencionar también su diario de viaje: William Henry Hudson’s Diary Concer-ning his Voyage from Buenos Aires to Southampton on the Ebro (1958), Letters from W. H. Hudson, 1901-1922 (ed. Edward Garnett, 1923), W. H. Hudson’s Letters to R. B. Cunninghame Graham (1941), Two Letters on an Albatross. W. H. Hudson & R. B. Cunninghame Graham (ed. Hebert Faulkner West, 1955). El segundo grupo está integrado por sus escritos naturalistas como sus colaboraciones en la revista Procee-dings of the Zoological Society de Londres, Argentine Ornithology: A Descriptive Cata-logue of the Birds of the Argentine Republic, con P. L. Scatler (1888-1889), Th ralist in La Plata (1892), Th e Book of a Naturalist (1919) y Birds of La Plata (1920).
refi ero a “Refl ections on Exile” de Edward Said (2000), donde el autor distin- gue las diferentes clases del viajero moderno: el exiliado, el refugiado, el expatria-do y el emigrado.
Hudson fue leído por sus contemporáneos ingleses como un escritor privilegiado capaz de devolver lo “primitivo” y lo “auténtico” al lenguaje y a las descripciones de la naturaleza. En el campo intelectual inglés, Hud-son no solo gozó de la autoridad de quien detenta una habilidad primi-genia sobre el idioma inglés, sino también de quien experimentó el “allá lejos y hace tiempo” de la prehistoria de la humanidad en Sudamérica.3 Así era percibido por el grupo de escritores que se reunía en el restauran-te francés, Mont Blanc, de la calle Gerrad en Soho, todos los martes y al que Hudson concurría principalmente invitado por el presidente del gru-po, Mr. Edward Garnett. Entre sus amistades se encontraban George Ro-bert Gissing, Th omas Seacombe, R. A. Scott James, Stephen Reynolds, omas, W. H. Davis, Hilaire Belloc, Muirhead Bone, Perceval Gibbon, John Galsworthy y Robert Cunninghame Graham. Ford Ma-dox Ford recuerda en sus reminiscencias que Hudson “made you see everything of which he wrote, and made you be present in every scene that he evolved, whether in Venezuela or on the Sussex Downs. And so the world became visible to you and you were a traveler” (1966: 48). Son además conocidas las palabras de Conrad que refuerzan esta per-cepción primitivista de Hudson en el campo intelectual inglés: “You may try for ever to learn how Hudson got his eff ects and you will never know. He writes down as the good god makes the green grass to grow, and that is all you will ever fi nd to say about it if you try for ever” (ibíd.: 49). En este clima intelectual, los libros de Hudson fueron leídos como mediadores entre mundos añorados y perdidos y la civilización ingle-sa. Hudson era percibido como un americano que conocía a los gau-chos y a los ingleses de igual modo y era capaz de traducir un mundo cultural a otro, con plena conciencia de la pérdida y el confl icto que esto implicaba. Hudson representaba la armonía entre la estética y la ciencia, el reservorio del naturalismo del siglo xix, una forma arcaica us to Revisit: Some Reminiscences, dice Ford Madox Ford al respecto: “Hud- son had the advantage of seeing the light in a Latin country — at least I suppose nineteenth-century Argentina was a Latin country — and so he was among a population who used words for the expression of thoughts. For, among us Occi-dentals, it is only the Latin races who use words as clean tools, exactly, with de-cency and modesty” (1966: 75).
de relación con el conocimiento de la naturaleza. Fue conocido por su denuncia al industrialismo y por su polémica con la especialización de la ciencia aplicada. Hudson era el nexo entre la naturaleza y la civiliza-ción. Representaba la “armonía imposible” de la biculturalidad.4 Esta posición privilegiada es justamente la que le permitirá a Hud- son juzgar al imperio británico. Ya desde su juventud en la pampa, Hudson polemizaba con Darwin y la ciencia metropolitana sobre la na-turaleza local, a la que él decía conocer mejor por observación y expe-riencia directa. En este mismo espíritu, Hudson escribirá su primer li-bro, Th e Purple Land that England Lost, en 1884, entre la fascinación y la crítica hacia lo inglés. Este primer libro de Hudson no tendrá la aco-gida de sus libros posteriores, principalmente A Naturalist in La Plata (1892) al que Alfred R. Wallace encontrará como absolutamente único entre los libros de historia natural (Garnett 1920: 103-111), ni tampo-co Green Mansions (1904), aclamado por el público norteamericano. Th e Purple Land that England Lost no solo plantea una perspectiva crí- tica de las intenciones imperialistas inglesas sobre el Río de la Plata y la Banda Oriental del Uruguay sino que construye un sujeto “tránsfuga” que se despoja de su identidad inglesa paulatinamente para asumir una moral cimarrona, refl ejo de su pasaje cultural al mundo de los gauchos. La traducción cultural en este libro se torna compleja y es posible que la 4. En “A Poet Scientist”, Henry Seidel Canby dice al respecto: “I believe that in this harmony of the scientist and literary instincts is to be found the cause of the great satisfaction which so many derive from these books of Hudson, which are them-selves of the greatest simplicity, often no more than notes by the way. Th faction, of course, was fi rst Hudson’s. He made a harmony with his environment, both physical and intellectual, which later and more scientifi c naturalists and other and more ambitions men of letters were not to feel. He found a unity in nature for which Th oreau was always searching in a maze of facts, and which modern special- ists have given over utterly. He reconciled in himself the mechanisms of nature and the aesthetics spiritual aspirations of man; indeed, it would be more accurate to say that for him they never been irreconcilable. Perhaps when formal philosophy has digested the fruits of modern research it will formulate in categories what I take to be Hudson’s inspiration — namely, that fact and feeling are but two aspects of the same world, and that the man who is able to observe and to express has for himself and for his readers turned matter into spirit” (1924: 484). lectura del mismo les resultara ardua a los contemporáneos ingleses. La exoticidad de Green Mansions, por el contrario —con la fuerte erotiza-ción de la mujer-pájaro Rima y los ritos ancestrales y peligrosos de los nativos— asume las características del gusto Occidental por lo primiti-vo. Th e Purple Land that England Lost, todavía proteica y problemática en una identidad liminal, no fue bien recibida por el público inglés, al punto que su autor tuvo que acortar la parte más beligerante de su títu-lo para sus reediciones. Así Th e Purple Land that England Lost pasó a ser e Purple Land en su segunda edición.5 La novela tiene como protagonista a un viajero inglés, Richard Lamb, deambulando por la Banda Oriental del Uruguay en la épo-ca de los enfrentamientos entre blancos y colorados posteriores a las guerras de independencia. Lamb llega al Uruguay desde Buenos Ai-res huyendo con su fl amante esposa, a la que ha desposado contra la voluntad de sus progenitores, tal vez justamente por su condición de extranjero. La primera edición de Th ratexto sugerente, en el que el autor explicaba en detalle los aconteci-mientos históricos y políticos de la Banda Oriental para situar su re-lato: el descubrimiento y la nomenclatura española de Montevideo, las contiendas entre los imperios español y portugués sobre la Ban-da Oriental, los enfrentamientos por el mismo motivo heredados por Argentina y Brasil luego de la independencia rioplatense y, por últi-mo, las revoluciones que agitaban actualmente al país llamado por ello mismo la “Nueva Troya”. Pese a tratarse de un libro de fi cción, resul-ta signifi cativa la necesidad manifi esta en el paratexto de un anclaje histórico y geográfi co para el relato, el cual fuera reseñado en la épo- 5. Dice Hudson en el prólogo a la edición de 1904: “Esta obra fue publicada por primera vez en 1885, por los editores Sampson Low, en dos delgados volúmenes, como el título más largo y, para la mayor parte de las personas, enigmático de La tie-rra purpúrea que Inglaterra perdió. Casi cualquier región del globo puede encontrar-se en la tierra purpúrea y de lo que debemos llevar cuentas es de lo que ganamos, no de lo que perdemos. En los diarios aparecieron unas pocas notas sobre el libro; uno o dos de los más serios periódicos literarios la reseñaron (no favorablemente) bajo el encabezamiento de ‘Viajes y geografías’; pero el público lector no se preocupó por comprarla, y muy pronto cayó en el olvido” (La tierra purpúrea: 3). ca dentro de las colecciones de “Viajes y geografías”. En este sentido, Hudson no escapa a la necesidad del sujeto colonial de autoexplicarse ante la mirada metropolitana, de una manera excesiva y desbordante, a la manera de Guaman Poma de Ayala. El sujeto colonial desarrolla así una suerte de autoetnografía en un doble gesto de introspección y exhibición (Pratt 1992: 7).
Borges ha destacado la trayectoria de “desinglesamiento” del per- e Purple Land. En la novela, las vicisitudes del hé- roe modifi can su identidad al punto de hacerlo abrazar la cultura con-siderada contrapuesta. El contacto del viajero Richard Lamb con el paisaje, las mujeres, las escaramuzas guerreras y los gauchos de la cam-piña uruguaya modifi ca al héroe y lo vuelve un “tránsfuga y un con-verso” (Borges 1949: 597). En Th e Purple Land, el cambio en la iden- tidad del héroe es palpable en el contraste entre el Lamb del primer capítulo que pronuncia desde el cerro de Montevideo una maldición contra la tierra purpúrea, cuya posesión el imperio británico perdió a inicios del siglo xix, y el Lamb de los últimos capítulos que, en la cima del mismo cerro, supira al dejar aquella tierra y denuncia los vicios de la “ultracivilizada” Inglaterra. En las páginas iniciales, un Lamb frustrado por la imposibilidad de conseguir empleo en un Uruguay agitado por revoluciones, lamenta que Inglaterra no hubiera conquistado, ordenado y civilizado dicho país. En los inicios del siglo xix, Inglaterra había tomado posesión de Uruguay pero tuvo que devolverla a la Confederación del Río de la Plata para cam-biarla por prisioneros de guerra en Buenos Aires. Desde el cerro de Mon-tevideo sueña Lamb con una conspiración para recuperar lo perdido: Oh, ¡qué no daría por tener aquí conmigo mil jóvenes de Devon y de So- merset, cada uno con un cerebro encendido de pensamientos como los míos! ¡Qué gloriosa hazaña se haría para la humanidad! ¡Qué grandiosos víctores exhalaríamos por la gloria de la antigua Inglaterra que se está muriendo! Co-rrería la sangre por las calles […] y después habría paz, y el pasto sería más verde y las fl ores más brillantes por esa lluvia escarlata (La tierra purpúrea 11). Los sueños imperiales, no obstante, son presentados con cierta ironía y el sarcasmo tiñe el discurso patriótico pronunciado por Lamb cuando este, lue-go de proclamarlo catárticamente exclama: Después de despachar esta conminatoria arenga me sentí aliviado en gra- do sumo, volví a casa en un estado de ánimo excelente para la cena, que esa noche consistía en cogote de oveja, hervido con zapallo, batatas y choclos tiernos, que no venía nada mal para un hombre hambriento (12). El cierre culinario a la arenga imperialista señala el desdoblamiento del discurso mimético imperial. Se trata de una imitación paródica del discurso del poder que lo desacraliza.6 La ejecución carnavalesca del dis-curso imperial por parte del sujeto colonial introduce la ambivalencia, desestabilizando la autoridad y las reglas de autoreconocimiento del im-perio. Hacia el fi nal de Th e Purple Land, el personaje se ha aculturado completamente. A tono con el “primitivo” Hudson, Lamb justifi ca la libertad arcádica y el crimen en la tierra purpúrea, en contra del indus-trialismo y el progreso civilizatorio.
No resulta extraño que un libro laudatorio de la pérdida imperial en benefi cio de las potenciales colonias criollas no fuera aclamado por la crítica ni disfrutado por el gran público en la metrópolis. Para su reedi-ción en 1904, Hudson redujo el paratexto explicativo de la historia uru- 6. A partir de una combinación de la noción del discurso de Foucault y la noción de ambivalencia del psicoanálisis, Homi K. Bhabha habla del discurso colonial como híbrido, es decir, como ambivalente. La ambivalencia en la enunciación del discur-so colonial se manifi esta en la interacción o fusión inseparable de sus dos niveles: por un lado el nivel de un discurso consciente y disciplinado sobre la Otredad y, por otro, un deseo fantasmagórico inconsciente hacia el Otro. Bhabha utiliza para explicar esta ambivalencia en el discurso colonial el descubrimiento del libro inglés en los territorios colonizados de la India, África y el Caribe. El descubrimiento del libro es para Bhabha, un proceso de desplazamiento que paradójicamente vuelve prodigiosa la presencia del libro en la medida en que es repetido, traducido, malen-tendido, desplazado (2002: 132). Cuando los nativos indios reciben el texto de la Biblia inglesa traducido preguntan al misionero cuestionando los ritos “caníbales” de la eucaristía: “¿Cómo puede salir la palabra de Dios de las bocas comedoras de carne de los ingleses?” (ibíd.: 146). Así, la presencia del libro inglés, la Ley colonial o la identidad inglesa no puede ser representada plenamente, su signifi cación se des-plaza en su reproducción en las colonias. Su reproducción en el contexto colonial, “su duplicación” en un sintagma de saberes diferenciales, alienan la identidad del ser inglés, y producen a la vez nuevas formas de saber, nuevos sitios de poder. Otros sa-beres “negados” entran así en el discurso dominante, desestabilizando su base de au-toridad y cuestionando sus reglas de reconocimiento (ibíd.: 143).
guaya y acortó el título de la novela a solo Th el recuerdo del fracaso británico. Para entonces Hudson ya era un natu-ralista conocido por el éxito de su Th e Naturalist in La Plata (1892) y un escritor familiarizado con el gusto de su público. Publicará el mismo año de la reedición de Th e Purple Land un libro de viajes que sí se con- vertirá en best seller, principalmente entre el público norteamericano, Green Mansions. La novela narra la historia de un viajero perteneciente a la sociedad criolla venezolana, Abel, enamorado de una mujer-pájaro mítica de los bosques tropicales. A diferencia de la relación consumada de Lamb con Paquita, su esposa, y sus múltiples intercambios eróticos con las mujeres de Th e Purple Land, el viajero inglés de Green Mansions nunca podrá concretar su amor con la mujer-pájaro, Rima. Su relación, cargada de erotismo y deseo, no puede ser consumada, puesto que los nativos de Parahuari la queman viva antes que esto se haga posible.
Mary Louise Pratt ha hablado del erotismo en el relato del viaje como una marca de la anti-conquista, es decir, como una estrategia discursiva gracias a la cual el viajero busca asegurar su inocencia con respecto a prác-ticas imperiales coercitivas (1992: 38-107). En el relato de la anti-con-quista existe un desplazamiento del placer, ya que el viajero realiza un voto de celibato y a menudo se presenta como un sujeto andrógino, especial-mente si es científi co. La concentración de todas sus energías está en la ob-servación y recolección de la naturaleza. Cuando el erotismo es evidente, no obstante, el deseo queda incumplido y el intercambio sexual no llega a concretarse, asegurando el respeto a las leyes del tabú del contacto sexual y asumiendo que este implica siempre relaciones desiguales de poder y co-mercio. De este modo se manifi esta el narcisismo primal del viajero y su incapacidad para crear lazos afectivos duraderos que le impidan la parti-da y el regreso al hogar. Esto es lo que sucede entre el viajero Abel y Rima en Green Mansions. Algo opuesto ocurre en Th viajero, si bien al inicio se mantiene reticente a las insinuaciones y requi-siciones de las mujeres que lo albergan durante su deambular por la Ban-da Oriental, al fi nal accede a los reclamos amorosos de Mónica, Dolores y Cleta. La situación se torna más compleja al considerar que Lamb no solo está casado sino que además ha robado a su mujer del hogar paterno a pesar de la prohibición de su unión. Vemos así a un extranjero que no responde al tipo del viajero de la anti-conquista erótica sino más bien lo contrario. Lamb es un viajero consustanciado con una moral no corres-pondiente a la Inglaterra victoriana de la época y esto se brinda como un ejemplo más de su “desinglesamiento” y de la poca acogida de Th Land en el mercado editorial.
e Purple Land, el narrador de Green Mansions no parece tener problemas con la política británica de la Commonwealth en la Guayana inglesa en la que transcurre el relato. Al modo de las novelas góticas inglesas como Frankenstein de Mary Shelley o She de Henry Ri-der Hagard, el marco de la narración lo constituye el diálogo retrospecti-vo entre dos amigos: el de Abel con un ofi cial británico en la Guayana. El ofi cial le reprocha que Abel no confíe en él luego de tantos años de amis-tad como para contarle el secreto de su vida en los bosques. El relato de Abel se realiza en un gesto de reciprocidad que asegura el vínculo entre los miembros de la sociedad criolla con los agentes imperiales, puesto que su relato consuma la amistad entre ambos y la confi anza requerida por las alianzas comerciales. Es de destacar que el vínculo que no puede consu-marse entre Rima y Abel tiene su contracara en la relación discursiva con el ofi cial británico. El relato se confi gura como la mercancía simbólica de la reciprocidad que constituye la base ideológica del intercambio capita-lista. En palabras de Hulme: “only under the fetishized social relations of capitalism does reciprocity disappear altogether, however loudely its pre-sence is trumpeted” (citado en Pratt 1992: 84). Abel cuenta su viaje a la naturaleza como un camino de pruebas, un descenso a los infi ernos y un proceso de purifi cación, y al hacerlo revela su secreto y el de la Otredad, transformándose, como Hudson, en el connoisseur espiritualista y “traduc-tor” en boga en los círculos de la Inglaterra victoriana. Como se ve, la obra de Hudson no está exenta de contradicciones, y se tensa entre el cuestionamiento y la complacencia de un sujeto bicultural. A pesar de haber sido reconocido como el “autor primitivo” en la metró-poli es a la vez uno de sus críticos más sutiles. En Argentina, las lecturas de Hudson asumen el carácter de la recu- peración identitaria. En 1934 Enrique Espinoza escribía para el diario La Nación una nota titulada “La reconquista de Hudson”.7 El autor enumera una serie de actividades institucionales destinadas a entronizar la fi gura del naturalista angloargentino en la cultura nacional. Entre ellas reconoce, por ejemplo, un trabajo pionero de la traducción al castellano de algunos pá-rrafos de Th e Naturalist in La Plata (1892) por parte del entonces director del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, Martín Doello-Jurado, y su publicación en la revista científi ca Physis, entre 1913 y 1916. Espinoza destaca además las conferencias y homenajes de la Sociedad Ornitológi-ca Argentina y la exhibición de las acuarelas originales de las ilustraciones de “Pájaros del Plata” en 1931, con motivo de la cual el gobierno nacional bautiza la estación de ferrocarriles Sud con el nombre de Hudson.8 El título de la nota de Espinoza evoca una empresa patriótica. Había que reconquistar lo que se había perdido o más bien había sido usurpado, como se reconquista un territorio o un símbolo sagrado. A primera vista, parece claro que es necesario rescatarlo de su inclusión al canon de la li-teratura inglesa. Espinoza llama “ironía histórica” al hecho de que Hud-son escribiera en la lengua de los “invasores” ingleses de principios de siglo xix y no en la de los conquistadores españoles, porque Hudson —según el crítico— es “el más criollo de los escritores nacidos a orillas del Plata” (1934: 2). Esta “ironía de la historia” es explicada como el modo en que Inglaterra se vengó de su pérdida bélica y su expulsión del Río de la Pla-ta,9 algo que Hudson describe también irónicamente en Th 8. Espinoza aclara que, según las investigaciones de Fernando Pozzo, fundador de la Sociedad de Amigos de Hudson, la estación estaría ubicada en el lugar de naci-miento de Hudson en Quilmes. 9. Ya en 1896, Juan Bautista Justo, el fundador del Partido Socialista, se refería de modo similar a las inversiones del capital inglés que comprometían la estabilidad fi -nanciera del estado argentino de fi nes de siglo, amenazando su autonomía. Justo se refi ere a otro tipo de “ironía histórica”: “Lo que no pudieron los ejércitos lo ha po-dido entre tanto el capital inglés. Hoy nuestro país es tributario de Inglaterra. Cada año salen para allá muchos millones de pesos oro, para los accionistas de las empre-sas inglesas establecidas en el país. Nadie puede poner en duda los benefi cios que reportan los ferrocarriles, los tranvías, las usinas de gas, los telégrafos y teléfonos. Nadie puede negar a sociedades inglesas el derecho de poseer grandes extensiones de campo en nuestro país, desde que los señores territoriales argentinos tienen el de vivir de sus rentas donde más les plazca. El oro que los capitales ingleses sacan del país, o que se llevan en forma de producto, no nos aprovecha más, sin embargo, que si se volatilizara o se fuera al fondo del mar” (cit. en Romero 1965: 199).
Si la relación de dependencia con el capital inglés, la que perdura más o menos continuamente hasta las primeras décadas del siglo xx (Scalabrini Ortiz 1965), era más difícil de contrarrestar, la “reconquis-ta” de la mercancía simbólica que representaba Hudson se volvía más accesible ideológicamente y como contrapartida de la primera. Para Espinoza, había principalmente que recuperar a Hudson para una in-telectualidad rioplatense apática que lo había ignorado, la misma inte-lectualidad a la que, según el autor, le había tomado cuarenta años leer el Martín Fierro y la que estaba tan “necesitada [entonces como ahora] de un intérprete universal de su tierra incógnita” (1934: 2).10 Integrar a Hudson como el “gran primitivo” al museo y al canon de la nación argentina fue la tarea de los intelectuales rioplatenses que pensaban en un intermediario locuaz para el ingreso de la nación a la modernidad global. Hudson como bicultural, argentino e inglés, gaucho y viajero, primitivo y naturalista, era el traductor feliz de la “barbarie” al mundo civilizado. Con esta lectura de Hudson, Borges y Martínez Estrada desentronizaban al gaucho Martín Fierro de la épi-ca lugoniana de El payador y colocaban en el canon literario la fi gura de un descendiente de la inmigración anglosajona, la querida por Sar-miento y Alberdi, en contraposición a los italianos, españoles y cen-troeuropeos que habían transformado a Buenos Aires en una ciudad babélica. Hudson podía leerse a su vez entre los forjadores de la nación como naturalista, integrando el panteón de héroes científi cos como 10. También en La Nación, una década más tarde, Emiliano Mac Donagh, en su ar- tículo “La ciencia argentina en la vida de Hudson”, habla de la necesidad de “re-clamar para nuestra tierra [la] gloria de Hudson”. Dice Mac Donagh al respecto: “y váyale nuestra gratitud porque nos hizo conocer mejor nuestra tierra, descri-biéndola como infi nitamente más variada y más rica, más ancha que la conoció nuestra contemplación un poco adormecida, no como fue la suya, sagaz y sa-bia”. Conocido científi co y divulgador, Mac Donagh señala que Hudson conti-núa siendo el precursor en las observaciones de los instintos de las aves y su com-portamiento para científi cos de Cornell y Harvard y hasta para el famoso Julian Huxley. Probidad, curiosidad y mesura son los tres rasgos de la mentalidad cientí-fi ca precursora de Hudson y sus descripciones de las aves rioplatenses, en las que Mac Donagh repara, destacando los hallazgos de Hudson sobre el tordo y su cos-tumbre de depositar los huevos en nidos ajenos (1943).
Florentino Ameghino, el Perito Moreno y Eduardo L. Holmberg. Aunque considerado como el “gran primitivo”, el científi co Hudson era mercancía del progreso nacional. Hudson era el gaucho bicultural, la unión de lo foráneo culto y lo autóctono argentino. Como gaucho y viajero, fue el nuevo prototipo de la Argentina moderna, una conjun-ción de nostalgia y progreso.
Los ensayos en esta antología revisan y expanden los temas trata- dos hasta aquí, siendo sus vertientes fundamentales la compleja iden-tidad de Hudson expresada en su biografía y sus relatos de viaje, la problemática de la agencia y el conocimiento imperial o imperialista y su inserción en el campo tanto inglés como norteamericano y argenti-no. En consonancia con estas tres vertientes, el libro se divide en tres secciones y cuenta con un epílogo a cargo del historiador Ricardo Sal-vatore y una coda de Sara Castro-Klarén. Ambos trabajos constituyen un complemento invalorable en esta colección de ensayos.
Ricardo Salvatore provee su lúcida perspectiva de historiador para juzgar los escritos de Hudson, en particular en relación con la pobla-ción nativa, su distancia con respecto a los escritores románticos y po-líticos rioplatenses y sus contradicciones con las imágenes imperiales sobre la pampa. Sara Castro-Klarén, por su parte, sitúa por primera vez a Hudson en una tradición latinoamericana a través de su compa-ración con José María Arguedas. A partir del estudio de la relación de ambos autores con la naturaleza de los Andes y la pampa, Castro-Kla-rén descubre un pensamiento que transcurre por vertientes no occi-dentales y se constituye así como contrahegemónico. Sección I. La identidad y el devenir. Esquivas territorialidades En esta sección los autores exploran el elusivo lugar de Hudson —sus escritos y biografía— en las clasifi caciones literarias, su pertenencia y disidencias con el romanticismo, la literatura victoriana, los relatos de viajes, el naturalismo y la ciencia. Principalmente, los autores de esta sección analizan la percepción de Hudson como viajero bicultural y la problemática que sus escritos suscitan para las categorías naciona- les y la constitución de una identidad manejada desde el estado. Esta oscilación o posición intermedia (in-between) de Hudson entre géne-ros, nacionalidades y disciplinas es vista por los autores de esta sec-ción de dos maneras: por un lado, es entendida como una “carencia”, o una imposibilidad de recuperar lo perdido: el hogar de la infancia y con ello, la estabilidad del sujeto. Por otro lado, el constante oscilar de Hudson se asocia a un devenir productivo en el que sujeto potencia sus habilidades creadoras y su contacto con el mundo natural. Silvia Rosman, en su ensayo “Los pasos perdidos de Guillermo En- rique Hudson”, habla de la tensión constante entre el origen, el desti-no y el movimiento mismo en los escritos de Hudson. Se trata de una economía particular que tiene como agente a un “viajero” no en un sentido convencional pero que sin embargo hizo del relato de viajes el género principal de su obra. Esta tensión se da en, por un lado, que-rer conciliar destino e identidad y por otro, mostrar la futilidad de tal deseo. Su escritura solo puede reproducir lo que se perdió para siem-pre: la pampa de la niñez abandonada al morir la madre para pasar el resto de su vida en Inglaterra. Es por esto que los escritos de Hudson fl uctúan en la literatura anglosajona y la argentina. Hudson no tiene un lugar fi jo ni seguro en ninguna de ellas: no es un Güiraldes inglés, como lo estudió Piglia, ni es un afi liado del romanticismo ni del mo-dernismo. Su escritura y biografía desestabilizan las seguridades de lo nacional. Retomando la defi nición de Martínez Estrada sobre el carácter ca- tacrítico de la escritura de Hudson, Rosman habla de la presión defor-madora que se encuentra en el lenguaje de Hudson, en el que las pa-labras son desplazadas de su signifi cado en lengua original al pensarse originalmente en otra lengua y ser traducidas. Esta tensión que causa extrañeza en el seno mismo del lenguaje hudsoniano lo desubica en su lugar de pertenencia y principalmente hace imposible la vuelta al ori-gen, a la cultura y a la lengua madre. No es casual dice la autora, ci-tando a Borges, que el escritor más argentino para algunos, sea el me-nos nacional. En su ensayo “El libro”, Borges sostiene que los poetas nacionales funcionan como un antídoto o contraveneno (phármakon) contra los males nacionales ya que son lo menos idiosincráticos entre sus contemporáneos. Hudson llenaría bien esta fi gura.
En “Espacios de la identidad: escritura, paisaje, lenguaje”, Móni- ca Szurmuk y Amanda Holmes exploran la tensión que se da en la es-critura de Hudson en relación con el paisaje. Para las autoras, la lite-ratura de Hudson es un repositorio de fantasías sobre el campo y la naturaleza que señala a nuevos modos de sociabilidad y cultura. Las autoras examinan la dimensión geográfi ca donde entran en confl icto el espacio abierto en el que la mirada de Hudson se extravía (contem-plación o éxtasis preverbal abordado por otros autores en la sección) con el paisaje disciplinado de los barrios privados que rodean el Mu-seo y Parque Nacional Guillermo Enrique Hudson en su actual loca-lidad, en Quilmes, provincia de Buenos Aires. Para hacerlo, Szurmuk y Holmes estudian la autobiografía de Hudson y el modo en que el espacio pampeano de la niñez se defi ne desde la perspectiva del ancia-no y el modo en que esta perspectiva puede ser contradicha en la reso-nancia contemporánea de los nuevos countries. Aunque el espacio del country se construya como refugio y alejado de los procesos de moder-nización —incluso algunos de los barrios privados llevan algún nom-bre conmemorativo de Hudson— se trata de una fi cción que Hudson desmiente en sus escritos, donde la pampa no está delimitada y el su-jeto puede perder su mirada en un espacio impredecible y sin límites.
Hay un movimiento oscilante entre la familiarización y la exotiza- ción en las descripciones de la pampa como producto de su subjeti-vidad pampeana e inglesa al mismo tiempo. Es por ello que la infan-cia de Hudson funciona como el lugar de lo exótico para quien lee en Londres y como autóctono y original para el que vive en las ciudades argentinas pobladas de inmigrantes y sus descendientes. La perspectiva que se pierde en el horizonte o ante la contempla- ción de un ser o fenómeno de la naturaleza y provoca un estado de éx-tasis preverbal es abordado por Jean-Philippe Barnabé en “Staring at vacancy: notas sobre Far Away and Long Ago”. El autor remarca cómo en la tierra “bárbara” sudamericana, el espacio abierto le permite a Hudson una íntima familiaridad con una naturaleza esplendorosa e intocada. Barnabé se detiene en la visión epifánica y casi mística de la naturaleza que Hudson explica en “El animismo de un niño” en Far Away and Long Ago, en donde el olvido de sí mismo y la singularidad de la experiencia lleva a una consubstanciación con lo observado. Para Barnabé esta experiencia de pérdida puede originarse en la re- memoración del octogenario Hudson que escribe su autobiografía: las imágenes mortuorias que marcan la misma, como la muerte del perro, de Margarita y de su propia madre. La muerte es otro espacio de vacío y desamparo que se conjuga con el “staring at vacancy” por parte de Hudson. La razón de esta consubstanciación genera un movimiento ambivalente que acerca al hombre y la naturaleza, lo animado y lo in-animado en el mundo de los escritos de Hudson. Roberto Ignacio Díaz retoma esta idea de la carencia en “Hud- son, la Patagonia y la nada”, especialmente en su estudio de Días de ocio en la Patagonia. Se trata de la carencia que genera el espacio pa-tagónico con su “despoblación”, aunque la misma deba ser desmen-tida. En Hudson se produce una suspensión del pensamiento ante el espacio patagónico, una nada pre-verbal que lo emparenta con los sal-vajes. Hay un estado de suspenso en el que la razón se interrumpe y los ruidos de la modernidad cesan. Así Hudson explora, para Díaz, la experiencia o el cruce bicultural, como un anticipo de los cuentos de Borges, principalmente “El cautivo” y “El etnógrafo”. Se trata de una “vital experiencia de la nada”.
Díaz sitúa el lugar de Hudson en las defi niciones del espacio pa- tagónico, espacio cargado de signifi caciones por las descripciones de viajeros como Paul Th e Old Patagonian Express, Pigafetta y Faulkner hasta Darwin. Para hacerlo, Díaz estudia los estereotipos de los que Hudson se hace eco con respecto al hombre patagónico y su relación ambivalente con las culturas indígenas, posición que será abordada con mayor detenimiento en la segunda sección de este libro. Jens Andermann profundiza en el devenir bicultural de Hudson y propone una lectura de la “animalización de la escritura en Hudson” en el último artículo de esta sección: “Pulsión animal: zooliteratura y transculturación en W. H. Hudson”. El autor aborda la problemática fi losófi ca del devenir desde diferentes ángulos y el modo en que Hud-son se acerca al mundo animal desde la singularidad del encuentro en un tiempo y un espacio dado, construyendo un acercamiento físico y epistemológico. Se establece en este encuentro una reciprocidad her-menéutica con el animal. Se trata del poder de discernir la animalidad tal y como esta se presenta, como un todo vital. Recordando la defi ni- ción de Deleuze y Guatari de que en el devenir no se es ni uno ni otro, ni la relación entre los dos, sino una zona de entorno e indistinción, Andermann se detiene en aquellos episodios del devenir de losperso-najes en animales como es el caso paradigmático de la mujer Rima que deviene pájaro en Mansiones verdes y la cautiva que deviene en Cacui en Marta Riquelme, entre otros casos. Este espacio ambivalente del devenir es el que ocasiona para An- dermann la ubicación de la escritura de Hudson entre los géneros de una literatura menor, donde las formas de narrar se instauran en un hiato no solo geográfi co, sino también lingüístico e histórico. Sección II. La ciencia, la literatura y el imperio Esta sección estudia la ubicación de Hudson en tanto sujeto político, sus avenencias y desacuerdos con el imperio y con las formas de domi-nación estatal. Resulta imposible separar a Hudson de este debate po-lítico como lo prueban la mayor parte de los ensayos de este volumen. Principalmente en esta sección, los autores exploran tanto las formas de resistencia a los mecanismos imperiales expresadas en sus escritos como las complicidades de sus estereotipos y silencios sobre las cultu-ras indígenas pampeanas. Una de las vertientes de análisis principal en esta sección es la que vincula a Hudson con las prácticas disciplinarias del conocimiento metropolitano, y las correspondencias de este con los intereses coloniales de los imperios informales, tanto de Inglaterra como Estados Unidos, en la región. Javier Uriarte comienza su ensayo “Los espacios de la sangre: im- perio informal, guerra y nomadismo en Th distinción entre el imperio formal y el imperio informal para su aná-lisis de Th e Purple Land. Siguiendo a autores como John Galla gher y Ronald Robinson, llama a este último el imperialismo del libre co-mercio, y establece la relación informal y práctica que la metrópoli mantuvo con los gobiernos nacionales de Sudamérica, especialmente con Uruguay. Para Uriarte, la reivindicación de la naturaleza violen-ta y primitiva de los uruguayos descritos por Hudson durante la gue-rra civil entre blancos y colorados, está presentada como una violencia contraria a la política tanto imperial como estatal dado que se trata de una violencia desestabilizadora de los intereses normalizadores de los gobiernos. Para Uriarte, la novela busca precisamente fundar una identidad de la improductividad, al dejar de lado el discurso del trabajo e incor-porar el de la aventura y el nomadismo del protagonista, el inglés Ri-chard Lamb. La violencia misma en la que se encuentra la campiña uruguaya permite una constante fl uidez en la que la guerra y la revo-lución se vuelven claves para articular la relación del protagonista con el imperio y el estado. Desde una perspectiva contraria, en “Entre el naturalismo, la an- tropología y la arqueología: los múltiples registros de W. H. Hudson en el marco del discurso de la ciencia y la Nación”, Gustavo Verdesio retoma esta relación de Hudson con la vocación imperial para soste-ner que el autor no fue ajeno a su tiempo y que su lucha antindustrial y protoecologista puede entenderse dentro de un romanticismo que concebía al hombre primitivo en una escala evolucionista, donde Oc-cidente siempre se concibe en el estado más avanzado. A Verdesio le interesa explorar la relación de Hudson con la arqueología y la antro-pología y los estereotipos del hombre sudamericano que estas conti-nuaron al dejar incuestionados los modelos evolutivos. Verdesio deja clara la relación de Hudson con las instituciones de es- tas disciplinas en Argentina y Europa. Si bien Hudson no fue un natu-ralista “estatal” como Francisco P. Moreno, sí fue un activo colaborador de museos como el Smithsonian y el Pitt Rivers. Dicha colaboración lo ubica en un lugar complejo como agente del traslado de los bienes patri-moniales de los pueblos indígenas patagónicos. Sus observaciones sobre los artefactos indígenas con los que se encuentra en Idle Days in Patago-nia oscilan entre el respecto por los cráneos encontrados pero también por la continuidad de estereotipos sobre la etapa evolutiva de estos pue-blos y el total silenciamiento de las grupos contemporáneos, con los que sin duda convivió durante su vida en la pampa y estadía en la Patagonia. Aunque para Verdesio, no hay en Hudson el deseo de dar pábulo a las narrativas nacionales, tampoco hay sin embargo ninguna mención a las campañas perpetradas por el mismo estado nacional para la asimilación y o exterminio de los grupos indígenas. En “La atracción de lo distante: la obra de Hudson como catálogo y museo”, y a partir del estudio de Th e Purple Land (1885-1904), Birds of La Plata (1920) y A Naturalist in La Plata (1892), Álvaro Fer nández Bra-vo también examina las fi liaciones de Hudson con la ciencia metropo-litana, en especial con la institución del museo. Para Fernández Bravo, los tres libros pueden ser leídos como catálogos de costumbres y espe-cies organizados dentro de la economía simbólica del museo. El públi-co de Hudson, asimismo, es un público no especializado como el de Longman’, Th e Gentleman’s Magazine, Th fragmentos de sus escritos naturalistas fueron publicados. Las descrip-ciones de cada animal (o de cada práctica social) pueden ser recorridas como quien transita las exhibiciones museísticas, sobre todo contando con las ilustraciones de Henrik Gronvold, como en Birds of La Plata. Para Fernández Bravo, Hudson puede ser leído como un autor fun-cional del imperialismo, en cuanto sus libros-museos lo ubican como trafi cante del conocimiento-mercancía, tanto para aportar como para cuestionar el saber metropolitano. Fernández Bravo sostiene que como coleccionista para sus libros- museos, Hudson se sitúa en el lugar de la constante pérdida y el deseo imposible de recuperación. Es esta pérdida misma a la vez una ganancia como capital simbólico. El mundo perdido de la pampa se vive como la expulsión del paraíso de la niñez y el comienzo de la explotación del trabajo, la industrialización y la explotación de hombres y animales por parte del capitalismo. Su nostalgia y su construcción como representan-te del mundo primitivo fi ccionaliza una cercanía entre hombres y ani-males que dota al autor del capital simbólico necesario para autorizarse en el campo intelectual inglés. En “Mansiones verdes: colonialismo, naturaleza y sujeto”, Fernan- do Degiovanni estudia las prácticas del imperio informal en la nove-la Green Mansions (1904), la única en el corpus de Hudson y en esta sección que toma lugar en Venezuela y no en el extremo sur del conti-nente. De este modo, Degiovanni explora la relación de la producción de Hudson no solo con el imperio británico en la región, en este caso la Commonwealth en la Guayana inglesa, sino principalmente con la política norteamericana generada con la construcción del Canal de Panamá (1914). Se vuelve así relevante la gran recepción y acogida que tuvo Green Mansions en el contexto norteamericano a partir de la segunda edición en 1916 del editor Alfred A. Knopf, y su consagra-ción como best seller en dicho mercado. La acción novelística se ubica en un área geográfi ca y cultural que la administración norteamericana consideraba crucial para el futuro económico de sus relaciones inter-nacionales y por ello impulsó un aparato retórico y discursivo que al mismo tiempo que produjo datos pertinentes para un imaginario im-perial, sirvió a los fi nes de legitimar su lugar en la región. El modelo para la novela fueron los relatos de viajes decimonóni- cos como el de H. W. Bates, Alfred Simpson y Everard F. im Th Sin embargo, el romanticismo naturalista de Hudson que a menudo se interpreta como antimperial y antindustrial no es tal para el críti-co. Para Degiovanni, el narrador y protagonista de Green Mansions, Abel, es un crítico despiadado de la Otredad de los pueblos que con-sidera primitivos —específi camente la comunidad de los Parahuari en la novela— a los que pinta de manera abyecta. Los prejuicios racistas son marcados, sobre todo al idealizar a Rima, la mujer-pájaro, como perteneciente a un mundo ideal o superior por el color de su piel y la antigüedad y extinción de su pueblo. Hay un silencio revelador en la situación imperial de la región y el tono benevolente de Abel hacia Rima afi rma para Degiovanni la primacía del conocimiento occiden-tal como eje incuestionable del abordaje material y simbólico de Green Mansions.
Sección III. La recepción. Miradas transatlánticas del canon En esta sección se explora la recepción de las obras de Hudson a ambos lados del Atlántico. Los autores ubican a Hudson en diferentes tradicio-nes literarias, como el romanticismo, el relato de viajes, el gótico inglés, la novela de la naturaleza y el realismo mágico. El objetivo de los auto-res de esta sección no es meramente el de hacer un ejercicio literario sino ante todo estudiar las peculiaridades identitarias de escritores que, como Hudson, viven una extranjería lingüística y retórica en cánones, merca-dos y campos intelectuales que siguen los modelos nacionales. En “‘Los efectos raros’ de W. H. Hudson en la literatura argenti- na”, Eva-Lynn Jagoe revisa la inserción que Jorge Luis Borges y Ricar-do Piglia hicieron de Hudson en el canon argentino. A pesar de la es-critura en la lengua inglesa, estos autores hablan de una criolledad o argentinidad en Hudson que va más allá de la lengua. Se trata de una experiencia del tiempo, el espacio y la interacción humana que Hud-son comparte con el canon que tanto Borges como Piglia reivindican. Se trata de la doble pertenencia a linajes dispares: ser argentino signi-fi ca también ser extranjero o descendiente de extranjeros. Para Borges, ser inglés y criollo; para Piglia signifi ca ser italo-argentino. Al respecto resulta interesante la polémica entre Roberto Bolaño y Piglia que Jagoe recoge en su ensayo sobre la identidad de los escri-tores latinos en Estados Unidos. En esta polémica, Piglia prefi ere lla-marse un “falso argentino”, para destacar así la identidad bicultural idiosincrática del Cono Sur. Las discusiones sobre Hudson están para Piglia relacionadas con cuestiones vitales sobre el lenguaje nacional, el linaje, la identidad nacional y la literatura argentina. Celina Manzoni estudia el éxito de Green Mansions en el merca- do editorial tanto inglés como norteamericano y apunta a dilucidar las causas del mismo en la heterogeneidad novelística que no es solo lingüística sino también de géneros y de movimientos literarios. En su ensayo “El viaje hacia lo sobrenatural: el escenario fl uvial y la selva como espacio de lo maravilloso en Mansiones verdes”, Manzoni liga la prosa de Green Mansions a la tradición literaria del Amazonas, a su li-teratura de viajes empezando por Humboldt, en donde la naturaleza es paisaje y escenario pero también depositaria de los mitos del Dora-do. La novela también se inserta en la tradición de las narraciones del bosque, en las que el héroe debe transitar por un camino de pruebas. Su retórica es la del amor cortés o caballaresco de la lírica medieval eu-ropea, y Rima es la ninfa del bosque, encarnación de la pureza, la ino-cencia y la indefensión. Más allá de todas estas fi liaciones retóricas, Manzoni destaca la pertenencia de Green Mansions al gótico inglés, al que caracterizan las efusiones emocionales, excesivas y violentas, la maldad en los otros, el desprecio hacia los nativos, la intensidad de una pasión en un escena-rio de desmesura y un ambiente exótico y maravilloso. Manzoni ex- plica que la complejidad de tradiciones asignadas a la novela se genera por el dilema de pertenencia del mismo Hudson en el canon transat-lántico, el cual se alinea a su vez con la prestigiosa tradición de La vo-rágine, de José Eustasio Rivera, Los pasos perdidos de Alejo Carpentier y las obras de autores destacados como Rómulo Gallegos, Arturo Us-lar Pietri, Miguel Otero Silva y Gabriel García Márquez.
En “Las aventuras paralelas: el deseo de posesión y la ansiedad de e Purple Land de W. H. Hudson”, Peter Elmore, por su parte, aborda el tema de la pertenencias identitarias de Hudson no tan-to en relación con la heterogeneidad lingüística de su obra ni sus dife-rentes aportaciones a géneros y estilos literarios sino principalmente a partir de la representación de la subjetividad de sus protagonistas, sus percepciones de lo propio y lo ajeno en el contacto cultural. Específi ca-mente, Elmore analiza al sujeto Richard Lamb en Th tudia su trayectoria en lo que Bajtín llama “el cronotopo del camino o el viaje”, en el que Lamb cambia radicalmente su visión del Otro y donde cuestiona y revisa sus vínculos con la metrópoli europea, en un periodo de expansión imperialista sobre una periferia pre-moderna convulsiona-da por la formación de los estados nacionales. Para Elmore, el relato de aventura y la picaresca que parece descri- bir Lamb lo alejan de los relatos destacados del viaje imperialista. A pe-sar de que Hudson no tiene ninguna ambición en integrarse al mercado editorial rioplatense sino más bien al londinense, para Elmore, el prota-gonista de Th e Purple Land es representante de lo que Lukács denomi- na el anticapitalismo romántico y esto lo ubica —tanto a Lamb como a Hudson— en una posición compleja con respecto a su pertenencia im-perialista. No solo Lamb no siempre es reconocido como extranjero en el mundo narrativo: mucha de su peripecia se debe a su capacidad de hacerse pasar por local, sino que en oposición a otros protagonistas pro-imperiales como Charles Gould, en Nostromo de Joseph Conrad, Lamb no tiene una fe ciega en el progreso ni cree que los ideales de la civiliza-ción sean los que aseguren el bienestar de los pueblos. Ricardo Gutiérrez-Mouat en “Proyección de Hudson en la narra- tiva argentina contemporánea: el caso Aira” retoma el tema de la in-clusión de Hudson al canon rioplatense, específi camente en el caso de César Aira, y en obras como La liebre y Un episodio en la vida del pin- tor viajero, donde se incorpora la fi gura del naturalista viajero. Gutié-rrez-Mouat también estudia algunos episodios de Ema la cautiva y La costurera y el viento, en donde Aira cita explícitamente Idle Days in Pa-tagonia. Aunque las invenciones de esta novela de Aira son surrealis-tas, al revés de lo que realiza el naturalismo de Hudson, ambos autores hablan en otro país sobre lo exótico de la Patagonia. El argumento de Gutiérrez-Mouat es, principalmente, que es po- sible percibir tanto en Hudson como Aira un extranjerismo en la len-gua, en el que el exotismo es una cuestión de estilo lingüístico. Dicho exotismo se manifi esta en el uso de una lengua foránea que se recorta contra la lengua materna (que es la misma lengua) al subvertir su fun-ción comunicativa. Este fenómeno se da por el bilingüismo de Hud-son y por el paródico heterolingüismo de Aira, poliglosia que se co-rresponde a su vez con una antropología inversa en ambos autores, cuyas miradas originales sobre lo aparentemente natural lo desauto-matizan y lo vuelven extraño o “exótico”. Bhabha, Homi K. El lugar de la cultura. Buenos Aires: Manantial, Borges, Jorge Luis. “Nota sobre Th e Purple Land”. En: La Nación (3 Canby, Henry Seidel. “A Poet Scientist”. En: Th the New York Evening Post (2 febrero 1924), 483-484. Espinoza, Enrique. “La reconquista de Hudson”. En: Suplemento Cultural de La Nación (10 junio 1934), 2. us to Revisit: Some Reminiscences. New York: Garnett, Edward. “Una nota sobre el genio de Hudson”. En: Reper- torio americano (febrero 1920), 103-111.
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